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Gerardo Chendo



"El actor tiene que trabajar y ponerse en problemas"

          



Por Martín Artigas

 

"Creo que fui actor desde que nací, el tema es que no terminaba de hacerme cargo", dice. Se recuerda como un chico histriónico, el "payaso del jardín", el que divertía a los amigos y quería participar de todos los actos escolares. Pero el mandato familiar decía otra cosa; por eso, ni bien terminó el secundario se anotó en la universidad.

Gerardo Chendo
iba a ser psicólogo, a colgar su título en una pared y a ver cómo su papá sonreía satisfecho por encontrar un colega en su hijo. Pero, un día, un amigo lo invitó a tomar clases de teatro y él aceptó. Todo cambió de golpe, el orden de sus prioridades se sacudió como lo hacen las ramas de un árbol ante una impiadosa ráfaga de viento. El encantamiento terminó; a los 20 años, una vida nueva comenzaba a asomar.

—¿Cómo te diste cuenta que querías ser actor?

—Ni bien pisé el escenario, ya en la primera clase, supe que quería hacer esto para el resto de mi vida. Se generó un impulso, me sentí convocado. Más o menos rentado, ya no volví atrás.

Primero en publicidad, luego en teatro autogestionado y más tarde en cine y televisión. También llegaría muy pronto el desafío de escribir y dirigir, y hasta aparecería la necesidad de enseñar. Así, inquieto, curioso, apasionado, en ocasiones algo temerario; así es Gerardo Chendo.


Mi hijo, el actor. "Hubo un primer impacto", recuerda. La aventura que emprendía sobre las tablas iba claramente en detrimento de los estudios universitarios, y eso generó una reacción en sus padres. Sin embargo, pronto entendieron que lo mejor era brindarle su apoyo. "En la medida en que se dieron cuenta que me lo tomaba en serio y me redituaba, se tranquilizaron… Empecé haciendo mucha publicidad, me veían en la tele y se dieron cuenta que podía llegar a tener una chance", explica.

—Uno de tus primeros trabajos fue en la película 76-89-03, que tuvo muy buena crítica y pasó por muchos festivales. ¿Cómo llegaste a ahí?
—A través de la publicidad, justamente, porque filmando conocí a uno de sus directores. Inicialmente iba a ser algo mucho más chico, una especie de chiste… La verdad que fue una película muy angelada, que tuvo muy buena repercusión. No pasa una semana que alguien no me hable de esa película. Cuando estuvo en cartel no fue un suceso de público, pero después empezó a circular. Fue muy fuerte el boca a boca.

—Casi en paralelo, en 2001, tuviste tu experiencia autogestionada en teatro con Pitá que se apaga
—Eso fue muy enriquecedor y marcó una antes y un después en mi vida. Yo venía de una experiencia no muy grata en la tele y decidí refugiarme en el teatro, un espacio muy infinito de creación que me permitía hacer lo que quisiera. Con Ramiro Agüero, mi coequiper, trabajamos a la gorra, en un lugar que estaba en pleno Palermo. Era una fiesta, nos dirigía Leonardo Calderone, la sala se llenaba. Todo fue muy original, porque era una obra independiente al extremo.


Otros roles. En 2008, Gerardo Chendo se animó por primera vez a la dirección. Unos meses antes, Agüero le había hecho leer un texto en el que venía trabajando, y él lo animó a llevarlo a escena. Con El ascendente, se iniciaba en un nuevo camino que tendría su correlato en la dramaturgia de obras como Fin del mundito (2011/2012) y y la recientemente restrenada Huicio Husto.

—Tener una formación actoral, ¿te ayuda al momento de escribir y dirigir?
­­—Tiene sus pros y sus contras. Javier Daulte, que me supervisó en Fin del mundito, me hablaba de la dramaturgia del actor: los actores cuando escribimos tenemos la tendencia a dar por sentadas las cosas. Y en la dirección tuve que aprender a ser un poco más severo, a exigir y a no ponerme tanto en el lugar de los actores. El director tiene que ser como muy paternal, saber poner límites. Pero creo que está bueno que quien escribe o dirige haya estado del otro lado del mostrador.

—Trabajar con Daulte, ¿es como un sueño hecho realidad para vos?
—La verdad es que se dieron las cosas muy sincronizadas como para poder trabajar con él. Lo conocí en un momento en el que venía de hacer mucha tele y necesitaba parar para no achancharme. Ahí llegó Proyecto Vestuarios: Vestuario de hombres (2010/2011), y después de eso vino 4D Óptico, que también es un viaje alucinante… Javier para mí es un genio, es un realizador integral que tiene mucha formación y una capacidad de trabajo increíble. Pone mucho amor en todo lo que hace. De él aprendí, por ejemplo, a tener seguridad, y eso es parte de su amor y su generosidad. La vida me regaló una amistad con él.

—Tanto Vestuario de hombres. como 4D Óptico deben representar desafíos muy grandes para un actor, ¿no?
—Claramente. Vestuario de hombres necesitaba que las cosas se entendieran, que la obra avanzara sin perder el caos que supone un vestuario de hombres. Y 4D Óptico plantea un juego de roles muy interesante. Daulte es un tipo que te sube, no deja que te quedes cómodo en un lugar. Es tan apasionado que sigue dirigiendo, va a ver sus obras y sigue corrigiendo cosas todo el tiempo.

—¿Cómo nace Huicio Husto, la obra que escribiste y codirigís con Graciela Stefani ?
—Se me ocurrió que, para la muestra de fin de año de la escuela que tenemos con Graciela Stefani, en vez de escenas quería hacer una obrita. Ahí surgió la idea y me puse a escribir. Fue un pequeño gran suceso, y ahí nomás empezamos a jugar con la idea de llevarla en algún lado. Casi al mismo tiempo se bajó el actor que hacía el personaje del juez, uno de los más importantes de la obra. Convocamos a una audición cerrada y se pensó en Benjamín Rojas, que es un amigo. Él quería hacer algo en teatro, audicionó, le encantó el texto y terminamos incorporándolo.

Con Benjamín Rojas a la cabeza, Huicio Husto debutó en mayo en la sala La Clac, con dos funciones semanales. Desde agosto, la irreverente puesta se presenta en El Tinglado y ya se baraja la posibilidad de emprender una gira por distintas localidades de la provincia de Buenos Aires. "La presencia de Benjamín ha conseguido que se acerque al teatro público adolescente, gente muy joven que quizás de otro modo no se interesaría por la obra", apunta Gerardo Chendo. "Soy de la idea de que el teatro debería ganar en eso, en seguir sumando gente, y por eso hay que ser responsable con lo que se pone en escena. No hay que espantar a nadie".


Ser popular. A Gerardo Chendo, el reconocimiento le llegó de la mano de Bonilla, el personaje que en 2004 compuso en la tira infantil Floricienta (2004). Más tarde llegarían roles en Alma pirata (2006), Casi ángeles (2007/2008) y Aquí no hay quien viva (2008), programas que volvieron su rostro familiar en los hogares de Argentina y de tantos otros países alrededor del mundo.

"Me parece muy linda la tele, su masividad y, en el caso de los actores, el dinero que ganamos por lo general viene de ahí. Difícilmente yo podría pagar mis cuentas con lo que gano en 4D Óptico, esa es la verdad. La tele te da cierta continuidad y, al mismo tiempo, visibilidad como para que te ofrezcan otras cosas. Tiene muchas ventajas, y el cariño de la gente es increíble", asegura el actor.

—¿Tiene un sabor especial el reconocimiento del público infantil?
—Sí. A mi me gustan mucho los chicos, tengo muy buena conexión con ellos. Es muy legítimo ese reconocimiento. Me pasó especialmente con Floricienta por la trascendencia internacional que tuvo. Al margen del hecho artístico, se armó algo ahí muy auténtico, muy amoroso. Ahora lo están repitiendo y hay como una generación nueva que la sigue, es muy loco eso. Además, ahí conocí a Graciela Stefani, que es como una hermana para mí.

—¿Cómo surgió la idea de fundar con ella una escuela de teatro?

—Con Graciela nos dimos cuenta que teníamos afinidad en muchos sentidos; uno de ellos en la manera de entender el trabajo del actor. Ella había dado clases en su casa hace mucho tiempo y me pregunto si no quería que lo hiciéramos juntos. Ahí nomás le dije que sí y empezamos como una especie de prueba, un taller, y eso se fue multiplicando. Se dieron muchas coincidencias que fueron como guiños. Empezamos a sumar niveles, a hacer coaching de actores para trabajos específicos y demás.

— ¿Quiénes fueron tus maestros?
—Hay actores de los que aprendí muchísimo. Héctor Díaz es para mí un referente muy importante... Es como un Daulte en la actuación: mucha capacidad de trabajo, muy aplicado y alguien que ama lo que hace. Lo mismo pasa con Andrea Garrote, que es como su versión femenina aunque un poquito menos obsesiva (risas). Después aprendí mucho de otro actor que se murió hace muy poquito, Oscar Nuñez. A él lo conocí haciendo Alma pirata y establecimos una amistad muy profunda. Era un tipo con muchísima pasión. Me acuerdo que lo pasaba a buscar con el auto para ir a grabar y venía con el libro lleno de anotaciones... ¡Y era una tira infantil! Era un grosso, un tipo de gran corazón, muy generoso y con mucha conducta en lo gremial, que tenía muy en claro lo que correspondía. Aprendí con él que la dignidad no se negocia, que no hay que hacer lo que conviene -que siempre es relativo- sino lo que corresponde.

—¿Te planteás límites desde lo artístico?

—Hace algunos años te hubiera contestado que no. Antes pensaba mucho en mi carrera y en mi trabajo, pero ahora tengo en cuenta un poco más en lo que quiero transmitir. Por otro lado, ya no tengo tanta desesperación por llegar a ningún lado como actor. Estoy muy contento con lo que surge, con los procesos y los hechos artísticos. Nada depende de que uno apriete los dientes o ande a los codazos. Uno tiene que abrir el corazón y trabajar, ponerse en problemas. Hay un dicho que dice: "Salta, que la red aparecerá".

—¿Hay algo que estés esperando en materia de actuación?

—Lo que quisiera es trasladar mi trabajo a las grandes ligas. Huicio Husto es una obra que me gusta mucho, que me parece muy acabada pero que tiene un techo inevitable y lógico. Me encantaría hacer una obra en la que tenga el control, en un contexto profesional y comercial. También hacer un unitario con un personaje lindo... Siento que he madurado mucho en estos años y me gustaría divertirme con eso, seguir creciendo. Me gustaría, por ejemplo, componer un vampiro. Ese sería, hoy, mi rol soñado.

  • INFO
    Gerardo Chendo actúa en 4D Óptico, obra escrita y dirigida por Javier Daulte. Funciones: Viernes a las 22:30 (Hasta el 31/08/2012) y Sábados a las 22:30 (Hasta el 29/09/2012), en el Teatro El Cubo (Zelaya 3053, Ciudad de Buenos Aires). Entradas: $ 90.-
    Huicio Husto, de Gerardo Chendo, se presenta todos los sábados a las 23.30 en El Tinglado Teatro, Mario Bravo 948, Ciudad de Buenos Aires. Entradas: $60.-
 

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