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Miguel Jordán



"Uno siembra, trabaja sin descanso y siempre llega el reconocimiento"




Por Mariano D'Andrea

De chico era tan inquieto que sus padres no sabían qué hacer con él. Quien sí sabía era su abuelo, un amante de la ceremonia del teatro. El pequeño Miguel olvidaba sus travesuras cada vez que entraba a una sala. El escenario lo hipnotizaba y los comentarios de su abuelo hacían que ese mundo fantástico estuviera más al alcance de su mano. De él aprendió una de las máximas que aún hoy sigue respetando a rajatabla: los zapatos de los actores deben estar siempre relucientes, porque es lo primero que se ve desde la platea. Muchos años después, con 54 años encima de los escenarios, Miguel sigue lustrando sus zapatos, siempre, antes de salir a escena.

Imaginarlo en tan sencilla tarea no es difícil. Miguel Jordán cuenta con una vastísima trayectoria que incluye clásicos y tragedias. Sin embargo, algunos de los personajes que interpretó en la pantalla chica lo catapultaron a ser eso que muchos querrían ser: un actor popular.

"La gente me recuerda haciendo comedia. Y eso es porque en la televisión tuve muchísimos papeles cómicos. Aún hoy, a décadas de aquellos programas se me acercan para comentarme cuánto los hacía reír. Eso es impagable. Algunos otros me recordarán por los papeles más dramáticos que me tocó realizar en teatro, pero la popularidad que te da la televisión es incomparable", dice y no puede dejar de mencionar a Alberto Migré como uno de los artífices de sus éxitos televisivos.

"A principio de los 90 Migré me llamó para que formara parte de la que sería su nueva telenovela: Una voz en el teléfono. Allí tuve que interpretar el papel del padre Gastón. Un personaje que me trajo muchísimas satisfacciones y por el que gané el Martín Fierro al Mejor Actor de Reparto. Creo que ese es uno de los trabajos que la gente más recuerda".

Además de la decena de programas escritos por el gran autor en los que Jordán participó, hay otro motivo por el que Migré es muy importante en su vida. Fue él quien fomentó en gran parte su amor por el radioteatro. "Aún hoy, cuando estoy en la radio siento que Migré nos está sobrevolando, que nos guía", dice y los ojos se le encienden de emoción.

Sin embargo, su historia con este medio comenzó muchísimo antes de que Migré se cruzara en su camino. Su papá era amigo de un alto funcionario de Radio El Mundo y una vez lo llevó a que presenciara algunos programas. Miguel estaba atónito y participaba como público de una manera tan entusiasta que quisieron contratarlo. "Se me acercó un señor y me preguntó si me gustaba la radio. Yo le dije que sí. Tenía once años en ese entonces y el señor le preguntó a mi papá si quería que me tomaran una prueba. Yo no podía creerlo. Pero mi papá, un vasco bastante rígido, le contestó que no había problemas en que yo trabajara durante las vacaciones, pero que mi prioridad debía ser el estudio", evoca hoy con una sonrisa.

Aquel señor que le propuso trabajo era nada más ni nada menos que Armando Discépolo. Ese sería el primero, pero no el único encuentro emblemático de su carrera. Con 16 años a cuestas y la escuela debidamente aprobada comenzó su carrera como actor. Se formó con grandes maestros: Heddy Crilla, Agustín Alezzo y Humberto Serrano. Compartió escenario con las grandes estrellas de le escena como Paulina Singerman, Lola Membrives, Ernesto Bianco, Osvaldo Pacheco, Esteban Serrador, Irma Córdoba y Alfredo Alcón.

La semana pasada estrenó El Dibuk en el Teatro General San Martín y recibió una noticia que lo llena de orgullo: su puesta de Malambo para Ricardo III fue una de las elegidas -junto a La vida es sueño y Bodas de sangre- por la Facultad de Artes Combinadas para que sus alumnos trabajen en sus tesis. "Es realmente un orgullo. Son las cosas maravillosas que tiene esta profesión. Uno siembra, trabaja sin descanso y siempre llega el reconocimiento".

A pesar de que no es la primera que recibe a lo largo de su carrera, esta distinción le cala bien hondo en el pecho. "La verdad es que cuando me llegó la propuesta para dirigir esta obra tuve muchísimo miedo. Es un texto muy difícil y además ya se había presentado con éxito otra puesta hace algunos años. Era todo un desafío, sobre todo para mí, que soy a veces demasiado exigente y puntilloso. Pensé en Mariano Fernández inmediatamente, porque sé lo formado que es como actor. Ya nos conocemos trabajando y sabía que podía darle a ese actor que está dispuesto a todo por ser Enrique III los matices que necesitaba. Nos esforzamos muchísimo, pero valió la pena: cada vez que termina la función, la gente aplaude de pie. Y la reacción del público es lo único que ocurre dentro de una sala que no está guionado. Esa es otra enseñanza de mi abuelo. Una de las más grandes", comenta risueño.

De todos modos, tiene muy claro que nadie tiene el éxito asegurado. "Para la obra Dos locos en la terraza compuse una canción que dice que los actores estamos hechos de retazos, retazos de éxito, otros de fracaso. Es así. Nosotros somos artesanos. Nuestra labor es hacer reír, hacer llorar, lograr que la gente se emocione. Es una tarea apasionante y laboriosa", explica y se despide con un abrazo. Lo espera su gran pasión: el escenario.

  • INFO
    Miguel Jordán se presenta en la puesta El Dibuk, de miércoles a sábados a las 20 y los domingos a las 19 en el Teatro San Martín (Av. Corrientes 1530, CABA). También dirige Malambo para Ricardo III los viernes a las 23 en Korinthio Teatro (Junín 380, CABA). Además, conduce Lunes de mi ciudad (los lunes de 22 a 24, en Radio de la Ciudad AM 1110), un programa dedicado al teatro, la radio y la televisión.
 

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